Adiós diabetes, bienvenido mi propósito

by | Dic 15, 2025 | Crecimiento y Propósito | 0 comments

Hay momentos en la vida en los que uno siente que todo va marchando, que está ocupado, que está “resolviendo”, que está haciendo lo que tiene que hacer para cumplir su misión en este país. Así vamos muchos de los que llegamos a Estados Unidos: con la mente puesta en trabajar, en producir, en enviar dinero, en traer a la familia, en avanzar. Y entre todo eso, sin darnos cuenta, comenzamos a descuidar algo fundamental: la máquina que sostiene nuestro propósito. Nuestro cuerpo.

Yo viví eso durante años. Por fuera, parecía que todo estaba bien. Por dentro, estaba en una batalla silenciosa que prefería ignorar.

Hace unos siete años recibí un diagnóstico que no esperaba: diabetes tipo 2. No lo acepté. Me sentí mal, vulnerable, frustrado. Pero en vez de enfrentar el problema, hice lo que muchas personas hacen cuando no están listas para aceptar una noticia: seguir como si nada. Continué comiendo de manera desordenada, dejando los medicamentos a un lado, posponiendo el cuidado de mi salud en nombre del trabajo, del estrés, de las responsabilidades.

Y así pasó el tiempo. Años.

Hasta que un día de este mismo año, mientras mi mamá, quien también lucha con la diabetes, estaba de visita en casa, decidí tomar mis niveles. Lo hice casi por rutina, sin sospechar nada. El número que apareció en la pantalla me despertó de golpe: 385. No sentía mareo, ni temblor, ni dolor. Nada. Y ese “nada” fue lo que más me asustó. Podía estar caminando hacia un abismo sin darse cuenta.

Busqué confirmarlo con una prueba de A1C, que mide los niveles promedio de los últimos tres meses. El resultado fue del 14 por ciento. Para que entiendas la magnitud: lo normal es estar por debajo de 5.7. Yo estaba casi tres veces por encima del límite. Era un llamado urgente. Un ultimátum disfrazado de análisis.

Esa noche entendí algo doloroso: mi descuido amenazaba mi propósito. Porque de nada sirve trabajar, soñar, planear y luchar si el cuerpo que Dios me dio para vivir ese propósito se está apagando.

Volví al médico. Me recetaron cuatro comprimidos de metformina al día, más otro medicamento. Estaba haciendo lo que todos hacemos cuando el fuego se enciende: apagarlo rápido. Pero muy dentro de mí sabía que eso era apenas un parche. Que había algo más profundo que debía arreglar.

Fue entonces cuando ocurrió algo providencial. Mi esposa, Nairym, me habló del Dr. Bayter, un intensivista colombiano que enseña una alimentación orientada a sanar. Yo había oído hablar de él, pero nunca lo había tomado en serio. Esta vez sí. Me inscribí en un desafío de cinco días de desintoxicación. El primer día fue duro. El segundo, incómodo. Pero el tercero cambió todo: mis niveles comenzaron a caer drásticamente.

Y tomé una decisión: dejé de tomar la metformina para observar con claridad cómo reaccionaba mi cuerpo.

Noventa y cinco. Noventa. Ciento diez. Cien.

Los números hablaban por sí solos. La alimentación keto perfecta estaba funcionando. Funcionó tanto que ya llevo cuatro meses sin tomar metformina. Y no solo eso: he perdido más de 60 libras. Pasé de 280 a 220. Y entre peso, azúcar y miedo, también perdí las excusas.

  Adiós diabetes. Bienvenido mi propósito.

Y no lo digo como una frase bonita. Lo digo porque lo viví. Lo digo porque entendí que el propósito no se cumple desde la enfermedad, desde el cansancio eterno, desde un cuerpo que clama auxilio mientras nosotros simplemente seguimos trabajando.

El propósito se cumple desde la vida. Desde la fuerza. Desde la claridad.

Hay un versículo que me acompañó durante este proceso, y que ahora entiendo de una manera completamente distinta. Está en 1 Corintios 6:19:

“¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, el que tenéis de Dios, y que no sois vuestros?”

Cuando lo leí esta vez entendí que cuidar mi cuerpo no es un lujo. No es una moda. No es un capricho. Es obediencia. Es respeto. Es responsabilidad espiritual. Dios me dio este cuerpo para servir, para crecer, para ser útil, para ayudar, para guiar a otros, para cumplir mi misión. Y yo lo estaba usando como si fuera desechable.

Si tú estás leyendo esto hoy, quiero decirte algo con cariño, pero con firmeza: No sacrifiques tu salud en nombre del sueño americano. No abandones tu cuerpo para sostener una casa, un empleo o incluso una esperanza.  Porque si tu cuerpo cae, todo lo que estás intentando construir se cae contigo.

Por eso, si hoy tú estás luchando con la salud, si estás cansado todo el tiempo, si te sientes sin energía, si sabes que la comida te está enfermando, quiero compartirte las tres cosas que cambiaron mi vida:

Primero: cambia tu forma de alimentarte.

No esperes un diagnóstico para hacerlo. No esperes un susto. No esperes un número rojo. Una alimentación limpia, real, basada en proteínas, grasas saludables y vegetales puede transformar tu cuerpo más rápido de lo que piensas. La dieta del Dr. Biter fue mi camino, pero tú puedes encontrar el tuyo. Lo importante es que comiences.

Segundo: construye músculo.

No para verte mejor en el espejo. Para vivir mejor. Para caminar a los 70 sin ayuda. Para proteger tus huesos. Para evitar enfermedades. El músculo es un seguro de vida. Y no necesitas un gimnasio enorme. Dos mancuernas, peso corporal, caminatas. Constancia. Eso basta para comenzar.

Tercero: aprende a manejar el estrés.

El estrés no se ve, pero destruye. Vive en el presente. Atiende una cosa a la vez. Respira. Agradece. Camina más. Suelta lo que no puedes controlar. Ocúpate de lo que sí.

Hoy puedo decir con libertad: recuperé mi salud y recuperé mi propósito. Y lo digo para animarte, no para compararme contigo. Cada uno va a su propio ritmo, pero todos podemos mejorar. Todos podemos sanar. Todos podemos empezar de nuevo.

Tú viniste a este país con un sueño. Dale a ese sueño lo que necesita: un cuerpo capaz de sostenerlo. Porque cuando dices “adiós” a la enfermedad y “bienvenido” a tu propósito, lo que en realidad estás diciendo es: Bienvenido a la vida que siempre debí vivir.

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